God and the Latina at Yale

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1.

Nunca he sido tan pobre como lo he sido en Yale. Nunca me he sentido tan pobre, tampoco. Es cierto que mientras estudié aquí lo hice con beca completa, lo que significa que era tan pobre que tenía el beneficio de graduarme sin deuda alguna; era tan pobre, de hecho, que la universidad misma me tiene que pagar alrededor de tres mil dólares por semestre para que yo pueda estudiar aquí en primer lugar.

Tres mil dólares pueden hacerte millonario o ponerte al borde de la pobreza, dependiendo de a quién se lo preguntes. A los dieciséis años me parecía el colmo del privilegio. A los veintiuno, viviendo sin apoyo económico de mi familia, teniendo que lidiar con las contingencias de laptops rotas, abrigos para el invierno y viajes a casa para las vacaciones, se sentía vivir con apenas la nariz por encima de la línea de la pobreza. En efecto, cuando lo googleé una noche, luego de temblar de estrés pensando si comprarme un suéter nuevo valía la pena, leí que la línea de la pobreza en Estados Unidos era de 15,000 dólares al año, y que yo, entre las becas y mi trabajo en el campus, ganaba alrededor de 7,000; pero, recordé, mi beca pagaba por mi hogar y mi comida y, además, no había que pasarse: estudiaba en Yale.

Eso era ser pobre. Sentirse pobre no tenía tanto que ver con el dinero per se: cada elemento del campus —desde los ribetes de piedra, cuidadosamente bañados en ácido para parecer medievales, hasta los carruseles de Instagram, los grupos de amigos, los clubs sociales, el timbre de la voz y el color de la ropa— está diseñado para recordarte que la clase social es un olor obvio, pungente para muchos, y que no te podrás despegar nunca de él. Podrás camuflarlo, convertirlo en una identidad, utilizarlo como cuchillo y con él asesinar la vibra al incomodar a tus amigos, que nunca han querido pensar en cuánto dinero tienen; podrás incluso utilizarlo para escribir largos ensayos personales; podrás intentar borrarlo al obtener un trabajo ridículamente lucrativo, con la esperanza de que tus hijos jamás hereden este olor. Pero no podrás dejarlo atrás. Dicho de otra manera, mi educación significó, sí, aprender cálculo y filosofía y economía e historia, pero más que nada significó aprender cómo el dinero puede infiltrarse en cada gesto, cada palabra, cada elección; cómo el dinero y la clase son la presencia invisible que estructura cada fiesta; cómo una puede oírlo zumbar en los momentos silenciosos del seminario; cómo, cuando una está acostada en la cama con quien cree que es el amor de su vida, aún puede sentirlo estirarse y expandirse entre pecho y pecho.

2. 

Así que el dinero permitió mi educación y fue mi educación, pero quizá también fue la fuerza más destructiva para ella. Apenas llegué a la universidad, y cada vez que miraba mi cuenta de banco o me iba a dormir haciendo las cuentas, pensaba en qué pasaría una vez que cayera fuera de la red de apoyo de la universidad. De allí todas las horas desperdiciadas postulando a prácticas, a premios, a clubes extracurriculares que me ayudaron a encontrar amigos y a afinar mi ojo periodístico pero que, en un sentido estricto, no tenían nada que ver con mi educación académica. Alguien podría decir que tuvieron que ver, en un nivel más profundo, con mi educación humana —las horas planeando proyectos o editando los ensayos de alumnos más jóvenes me enseñaron algo sobre ser adulta, sobre trabajar con otros—, pero creo que mucho de ese tiempo, pasado en LinkedIn y en Workday, fue, en verdad, tiempo anti-intellectual, tiempo perdido. Tiempo necesariamente perdido: si no me hubiera dedicado a pensar, en términos pragmáticos, en lo que necesitaba hacer, probablemente me encontraría en una situación muchísimo más precaria ahora mismo, a puertas de mi graduación. Pero también, quizá, sería una mejor escritora y tendría más y mejores ideas en la cabeza. Dicho así, por supuesto, mi queja suena patética: quizá mi error fue creer que vine a esta universidad a hacer algo más que pensar sobre el dinero.

3. 

Hace unas semanas el decano de nuestra augusta institución dijo, para justificar el haber eliminado ciertos estipendios para alumnos de bajos recursos, que sería bueno si simplemente no comprásemos tantas cosas. No es que la crueldad o la falta de tacto estén fuera de línea; lo que dijo Lewis es lo que se le dice a uno, una y otra vez, año tras año en esta institución: si eres pobre, te toleraremos, pero sabes bien que este lugar no es para ti.

Llegué a Yale con dos maletas, ochenta dólares en mi cuenta de banco y sin cargador para mi celular. Me metí en problemas con mi profesor de francés porque la oficina de Financial Aid se había demorado casi una semana en pagarme mi estipendio semestral, así que no podía comprar los libros de francés; costaban alrededor de cien dólares (y, para ese momento, mi balance del banco ya había bajado a quince). Cuando llegó el estipendio, lo gasté poco a poco, judiciosamente, sabiendo que nunca más en mi vida quería que me rechazaran la tarjeta en la lavandería y la máquina expendedora. Poco a poco comencé a ganar más dinero: a trabajar en medio del semestre, a ganar premios y becas que aligeraron el peso de mis gastos, a poder entrar a Atticus sin tener un ataque de pánico, esas cosas. Y a poder gastar no solamente en lavandería y cargadores, sino en vanidades puras: un par de jeans de cien dólares, un suéter de ochenta. Estas cosas al inicio me parecían lujos groseros, pero eventualmente se convirtieron en elementos necesarios para sobrevivir. Cuando nuestro decano nos dijo, hace un par de semanas, que dejáramos de comprar tantas cosas, pensé: todo lo que tengo aún puede entrar en dos maletas. Y todo mi tiempo aquí lo pasé pensando si me podía deshacer de alguna cosa más, para por lo menos así poder cargar un libro más conmigo. 

Brunella Tipismana
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